Tetuán + Couch-surfing: nuestro doble bautismo marroquí

Llegar a Marruecos fue para nosotros un sin fin de primeras veces: en el país, en África, en el mundo árabe y, también, haciendo couch-surfing.

Couch-surfing es una plataforma on line que fomenta el intercambio cultural mediante el hospedaje en casas de gente local, que está interesada en conocer a viajeros de otras partes del mundo. No hay dinero de por medio, simplemente el anfitrión abre las puertas de su casa sin pedir nada a cambio. Es una situación win-win, en la que los viajeros tenemos la oportunidad de empaparnos de la cultura local, y nuestro anfitrión, tiene la posibilidad de conocer más acerca del mundo del lugar de donde venimos.

Habíamos leído mucho sobre cómo funciona el couch-surfing en Marruecos: que muchas veces son engaños, que después de todo te piden algo de dinero a cambio, etc. Ahora, después de cinco semanas en Marruecos no tengo ninguna duda de que esto debe suceder en muchos casos, pero en esta, nuestra primera experiencia, tuvimos mucha suerte y fue todo lo contrario.


Antes de seguir leyendo, una aclaración: ¿qué es este posteo?

Es un relato de nuestras experiencias y es 100% subjetivo. Si lo que buscan es información práctica y útil para viajar por Marruecos, con estadísticas y los datos concretos, pueden encontrar todo eso y mucho más en este posteo: Marruecos: guía práctica para viajeros (haciendo click acá). Aclarado esto, sigamos…


Primera vez en una medina, o cambiar de paradigma en un abrir y cerrar de ojos

La primera parada en nuestro viaje era Tetuán y allí nos esperaba Abdelouahed (en adelante, Abdel), un marroquí de veinticuatro años, de origen berber, oriundo del sur de Marruecos, que vive en pleno corazón de la medina de Tetuán desde hace casi un año. Y es muy importante resaltar esto de “en pleno corazón de la medina”, porque para el viajero que está recién llegado a un país árabe por primera vez en su vida, esta es una ubicación muy particular. Pero antes de avanzar, ¿qué es una medina? Las medinas son los barrios antiguos de las ciudades árabes, están amuralladas y se entra a través de una determinada cantidad de puertas que depende del tamaño y la importancia de la medina. Esa sería la definición de una medina desde el punto técnico. Desde el punto de vista subjetivo de mi primera vez en una medina, puedo decir que fue una sensación que me gustaría poder guardar en un frasquito para abrirlo cuando quiera que esté siempre fresca, siempre ahí. Es algo que no me quiero olvidar nunca y a la vez, lo quiero olvidar por completo para que pueda volver a haber una primera vez. En viajes anteriores había estado en lugares con culturas muy diferentes, como en el sudeste de Asia, pero esto…esto era muy diferente. Les dejo un pedacito del texto que escribí en aquel momento: 

Es difícil describir lo que sentí al llegar a Tetuán. Para dar una idea, voy a mencionar algunas frases seguramente poco originales pero que se acercan bastante a lo que sentí: viaje en el tiempo, viaje a otro mundo, choque cultural, estímulos infinitos, etc.

¡Y la medina! Llamarla laberinto sería quedarse corto. Me acuerdo cuando las calles de Córdoba (España) me parecían laberínticas, que ahora después de haber estado en la medina de Tetuán, parecen una versión beta.

También escribí:

Algunos lugares en los que estuve, los recuerdo por sus colores, otros por su arquitectura, otros por sus sabores, etc.

Creo que Tetuán será el primer lugar que recuerde…por su olor.

La medina de Tetuán huele a todo: al paso de los siglos, a los animales que andan por ahí (libres o enjaulados, vivos o muertos). Huele a humanidad, a todo lo que somos. Huele a las casas sin baño y también a casas con baños demasiado lujosos. Huele queso de cabra y a carpintería con pocos metros de distancia. Huele a menta en todas sus formas: fresca, hecha té, en forma de jabón.

Elegí esta imagen de una de las bellísimas puertas a la medina por el cielo de fondo y el aire puro que me representa, cosa que a veces, parece haberse olvidado entrar.

Volviendo a nuestra llegada, me acuerdo que unos días antes de llegar, como la lógica indicaba, le pedimos a Abdel su dirección. Nos respondió que la mayoría de las casas en la medina no tienen dirección¿cómo? ¿leí bien? ¿que no tienen dirección? ¿y cómo hacen para recibir cartas? ¿o para que alguien te vaya a visitar? Todas estas preguntas eran porque, claro, ¡nunca antes habíamos estado en una medina! Teníamos todavía muchas aventuras por delante y un mundo por descubrir. Acá algunas fotos de nuestras primeras impresiones del día siguiente, nuestro primer día recorriendo una medina.

Algunas de nuestras primeras impresiones de la medina de Tetuán

Y como no podíamos ir directamente a la casa de Abdel, porque…no tenía dirección, nos propuso encontrarnos en el Palacio Real de Tetuán e ir juntos desde ahí. Nos encontramos, nos caímos bien en un abrir y cerrar de ojos y después de caminar unos minutos entre gallinas, carnicerías, carpinterías y tiendas de todo tipo, llegamos a su casa…y ahí empezó otro capítulo.

La puerta marrón de la izquierda es la entrada al edificio de Abdel

Inmediatamente entramos, me dí cuenta de que Marruecos y Argentina, mi casa, con todo lo que compone aquello que para mí es “normal”, estaban separados por muchísimo más que ocho mil kilómetros y un océano de distancia, estaban también separados por una enorme, inmensa, nunca antes experimentada, brecha cultural, que ahora tenía la oportunidad de unir, aunque sólo fuera por un par de días. 

La casa de Abdel, era sólo una habitación, de unos veinte metros cuadrados con algunos colchones en el piso, una ventana que daba a la terraza y una puerta de acceso que se cerraba con un candado, nada de cerraduras ni picaportes, sólo un candado. Sin baño, sin cocina, sin sillón, sin cama, sin nada de lo que antes había sido parte de mi vida anterior y formaba parte de mi normalidad, cuando vivía en Buenos Aires. La casa estaba dentro de un pequeño “edificio” con un patio central y muchas viviendas alrededor, algo similar a lo que en Buenos Aires se conoce como “casa chorizo” o “conventillo”. En el edificio no había agua corriente y los vecinos sacaban agua con baldes o botellas de una toma que había en la puerta. En la planta baja estaba el “baño” que era compartido para todos los habitantes del edificio y consistía en una letrina, que, dado su olor y aspecto, me esforcé por usar la menor cantidad de veces posibles y todavía no puedo creer como no vomité cuando tuve que hacerlo. Eso era todo. Si se están preguntando cómo hacía la gente para bañarse, es muy sencillo, casi no lo hacen. Abdel nos explicó que en el verano se bañaba en el terraza, con cubos de agua y más o menos una vez por semana iba a un hamman (también conocido como baño turco o baño árabe, que es público y la gente paga por usar, por lo que no es algo para ir todos los días).

La vista a la medina desde la terraza de Abdel
La casa de Abdel

Es muy interesante, cómo viajar permite tomar consciencia y experimentar cuántas miles de realidades existen en el mundo y cuántas miles de formas de habitarlo. La realidad de Abdel era totalmente impensada para mí antes de conocerlo, pero su inmensa generosidad compensó todas y cada una de las comodidades que no tuvimos durante esos dos días de nuestro primer couch-surfing. El objetivo del couch-surfing es, como dije más arriba, sumergirse en la cultura local y eso fue lo que hicimos. Estamos inmensamente agradecidos por esta experiencia, en la que pudimos, por dos días, vivir realmente como viven los locales (o por lo menos muchos de ellos) conocer su realidad, sus costumbres, sus comidas, algunas palabras de su idioma. Fue pura emoción caminar por la medina como si fuera nuestro barrio de toda la vida al lado de nuestro anfitrión, que además fue un excelente guía y nos llevó a lugares a los que probablemente no hubiéramos llegado solos, como esta tarde que vimos el atardecer desde una colina, con vista a toda la medina de Tetuán y se convirtió en un recuerdo épico:

Atardecer de un día no agitado en Tetuán

¿Fue duro, incómodo, difícil? La verdad es que si, por momentos lo fue, pero no nos arrepentimos ni por un segundo. Yo quería viajar por el mundo para conocerlo realmente, para generar anécdotas, para contarlo tal como lo veo. Probablemente si nos hubiéramos alojado en un lugar acorde a nuestros estándares “normales”, hubiera sido más cómodo pero nos hubiéramos perdido lo más valioso que nos dió este couch-surfing: conocer una realidad tan diferente a la nuestra y la amistad de Abdel.


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PostData 2: ¿cómo seguimos?

Si quieren leer lo que pasó en la siguiente parada de nuestro viaje, pueden hacer click en la foto de abajo para leer el siguiente posteo…

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